Maximilian Kolbe es una de las figuras más conocidas de Polonia, docente, periodista y sacerdote Franciscano, fue un hermoso acto de heroísmo lo que le hizo inolvidable más allá de las fronteras de su país, de hecho el 14 de agosto se celebra su canonización.

Nacido en una ciudad ubicada en el centro de Polonia, por entonces parte del Imperio Ruso, de padre alemán y madre polaca. Pronto ingresó como fraile Franciscano cambiando su nombre a Maximiliano María. Sacerdote y docente de Historia Católica, su formación y labor misionera le llevó a vivir en Roma, Varsovia, donde fundó la “Ciudad de la Inmaculada” y en Japón, donde fundó otra institución similar. Fue un prolífico periodista, fundando varios periódicos católicos con un volumen de tirada muy destacable. 

Vivió en primera persona la invasión alemana. Por aquel entonces la Ciudad de la Inmaculada tenía un gran éxito y expansión: contaba con un complejo editorial con biblioteca, linotipias, laboratorios fotográficos, taller de encuadernado… enfermería, taller de herreros, de carpinteros e incluso central eléctrica, estación de tren y un aeródromo. Kolbe, además, había puesto en marcha una emisora de radio.

¿Un peligro para los invasores?

Los documentos y relatos sobre su figura muestran a un Kolbe docto e incansable en su difusión de la Fe y la caridad. Pero el régimen invasor no lo veía con buenos ojos: para ellos, suponía un elemento de refuerzo de la identidad polaca, toda su actividad periodística y radiofónica lo convertía en un peligroso “intelectual” y además, entendían su labor caritativa con las personas necesitadas como un atrevimiento, al ejercerla con personas marcadas como “indeseables” por los nazis, como los judíos.

Poco menos de dos años después de la llegada de los nazis a Polonia, Maximilian fue detenido por la Gestapo y enviado a Auschwitz como preso 16670.

Un acto de amor y piedad

Maximilian sufría, día tras día, con el resto de presos las humillaciones y torturas a las que les sometían buscando consuelo y fuerza en la Fe. Pasaron los días y los meses y una noche un preso de su mismo barracón logró fugarse. Los nazis decidieron castigarles a todos, manteniéndolos de pie, en posición de firmes a la intemperie y sin alimento. Los presos, ya exhaustos de por sí por las condiciones en las que estaban sometidos se derrumban sin fuerzas. 

Tras largas horas soportando este castigo, los nazis decidieron elegir a 10 presos para ser asesinados. Uno de esos elegidos, un sargento polaco, no pudo evitar lamentarse por la suerte que correrían sus hijos y esposa. Kolbe escuchó ese lamento y, ante el asombro del resto, dio un paso al frente y pidió ocupar el lugar del sargento polaco. A regañadientes, aceptaron el cambio y Maximilian fue llevado, junto a otros 9 presos, a una celda subterránea, donde les esperaba la muerte por inanición. Tras dos semanas en esta situación, Kolbe aún sobrevivía junto a otros 3 compañeros y fueron asesinados con una inyección de ácido, el 14 de agosto de 1941. Sus cuerpos fueron quemados al día siguiente, día de la Asunción de María. Durante todos esos días siguió oficiando misa para ofrecer paz y consuelo a sus compañeros.

Su acto fue recordado en el campo durante meses, y recordado en cada ajusticiamiento. La lección de heroísmo, sacrificio, valentía y caridad ayudó a los presos a soportar los tormentos y se mantuvo vivo en sus espíritus aún después, haciendo que su figura y su acto fueran recordados por todos nosotros. 

Dos Coronas

Aunque parezca imposible, aún hay algo más impresionante y emocionante sobre Maximilian Kolbe y su acto: siendo niño fue honrado con la visita de la Virgen y le mostró dos coronas: una blanca y otra roja. La blanca le comunicaba que preservaría su pureza; la roja, que su Fe y fidelidad a Dios requeriría su propia vida. Nuestra Señora le preguntó qué corona aceptaría y él contestó que las dos. 

Siempre supo que sufriría martirio y que daría su vida defendiendo los valores de su Fe y llegado el momento, no dudó, dio un paso adelante sabiendo lo que supondría.