El 31 de julio está marcado en el calendario cristiano como el día en que beatificaron a San Ignacio de Loyola. Conocido por ser el fundador de la Compañía de Jesús, esta congregación ha conseguido reunir a más de 17.000 miembros en todo el mundo. 

Nosotros también hemos querido rendir su merecido homenaje en su día recomendándoos Ignacio de Loyola: soldado, pecador y santo, una película sobre la vida del hombre detrás de la leyenda que no os podéis perder sobre la extraordinaria transformación de una juventud impetuosa e impulsiva hasta convertirse en el magistral y carismático líder de una Orden que cambiaría la historia de la cristiandad para siempre.

De soldado ligón a santo

Durante su juventud, Íñigo de Loyola (nombre que recibió en su nacimiento) llevaba una vida de excesos, obsesionado con las mujeres y la guerra. Decidió continuar la tradición familiar y dedicar su vida a la carrera militar. Sin embargo, un desafortunado accidente le dejó gravemente herido cuando luchaba defendiendo la ciudad de Pamplona contra los franceses en 1521.

Herido y postrado en cama, Loyola decidió entonces dedicar su tiempo a la lectura de libros religiosos y se acercó a una vida espiritual repleta de retiros y ejercicios piadosos. Estudió teología y literatura en París y acabó convirtiéndose en sacerdote.

Fue allí, en París, donde Ignacio reunió a un grupo de seis compañeros a los que contó sus ideas y proyectos, sembrando así la semilla de la Compañía de Jesús. Los siete amigos hicieron juntos votos de pobreza, dedicando su vida al apostolado, la enseñanza, el cuidado de enfermos y a su nueva orden religiosa.

La compañía se alineó a la autoridad del Papa y fue clave en la reconquista de la Fe cuando se produjo la contrarreforma católica. El 31 de julio del año 1556 Loyola fallece en Roma dejando tras de sí miles de seguidores de la Orden.

Una orden masculina, excepto por una mujer

Aunque la compañía de Jesús es tradicionalmente una organización religiosa exclusivamente masculina, solo una mujer consiguió ser aceptada, pero de forma secreta. Se trata de Juana de Austria, hija de Carlos V y la emperatriz Isabel de Portugal, quien se convirtió en la primera y única mujer en entrar.

Juana, que dedicó su vida al gobierno de España y a la religión, entabló una buena relación con uno de sus miembros, Francisco de Borja. La insistencia de Juana fue tal que, esta orden que nunca había aceptado mujeres, finalmente la dejó formular sus votos en secreto, bajo el pseudónimo masculino Mateo Sánchez. 

Años después fundó el Convento de las Descalzas Reales (1557), donde se retiró hasta su muerte el 7 de septiembre de 1573.